No sé cómo empezar a explicar algo para lo que no tengo una referencia previa. No sé cómo explicar que veo el futuro en unas manos, en un “no te preocupes que ya lo hago yo” mientras enjuago los restos de tomate de la sartén. No sé cómo explicar que si la felicidad fuese un material, se hubiese derramado en cantidades industriales por las baldosas de la cocina mientras bailábamos con Sinatra de fondo. No sé cómo explicar el saber que es ahora cuando ciertas palabras se llenan de significado y que, aunque hayan sido dichas antes, estaban medio vacías y carentes de lo más importante. Cómo se explica el instinto de considerar casa un abrazo debajo del agua caliente de la ducha y que crecer es algo que se hace sólo con andar a su lado. Que aprender es el proceso que invariablemente se pone en marcha cuando le escucho. No lo sé. Tampoco sé explicar la magia de darme cuenta meses después, sorprendida, de que tiene mil ciento veinticuatro maneras de sonreír que todavía no había visto, de que frunce el ceño cuando duerme y de que me acaricia la cara por acto reflejo.

No sé cómo explicar la sensación de que, a pesar de todo lo anterior, es algo tan nuevo y tan intenso que tiene que salir de alguna manera. Supongo que por eso sí que sé explicar las lágrimas ahora mismo.

Creo que la vida está formada por constantes y variables. Las constantes son los pilares, no se eligen, son los que son y en función de ellos eliges tus variables. Elijo la variable de leer tal libro, de ver tal película, de cocinar tal cosa para comer. Y las constantes siguen estando leas el libro que leas, veas la película que veas o cocines lo que sea que quieras cocinar. Os he dicho que no se eligen, pero yo he elegido una de mis constantes. Y sobre esa constante elijo también dormirme a media película y cocinar haciendo como que sabemos lo que hacemos cuando en realidad es probable que acabemos intoxicados. Sobre esa constante elijo construir todo lo que venga.

Es increíble que aún sabiendo que el deshielo llegó en septiembre, siga sorprendiéndome de esta manera y haciendo que quiera quedarme a vivir siempre en primavera.

El año que viene os escribiré que ha vuelto a arrugar la cara mientras le cantábamos el “cumpleaños feliz” y que esta vez sí que he sabido cantarlo en francés. Mientras tanto seguiré haciendo la elección que más me gusta hacer cada día.

Advertisements