En 2010, un terremoto asoló Haití dejando a su paso alrededor de 200.000 muertes, según las autoridades del país. Las pérdidas no fueron sólo personales. A día de hoy los daños en las infraestructuras aún no han sido subsanados y la situación económica de extrema pobreza no ha hecho más que empeorar, siendo clasificada por algunos medios como “caso perdido”. Por si no fuese suficientemente problemático el contexto, entre la suciedad, la miseria y la falta de recursos de los campamentos donde se encuentra realojada la población, el acoso sexual, que ya era el pan de cada día, se ha recrudecido convirtiéndose en otro factor de riesgo para las mujeres de esa parte de la isla.

Desafortunadamente, a diario se producen numerosos casos de mujeres (y niñas) que son acosadas verbalmente en los campamentos. En muchas ocasiones no se queda ahí. Los hombres, que suelen actuar en grupos, acaban consiguiendo abusar de ellas coartándolas, chantajeándolas e incluso, aprovechando la situación de miseria, ofreciendo comida a cambio de favores sexuales. Esto puede sorprender por lo invisibilizado que está, pero lo que es realmente sorprendente es quién está detrás de una parte de estos abusos. Declaraciones de mujeres y niñas hechas a la organización “Save the Children” apuntan como protagonistas a los integrantes de la Misión de Estabilidad en Haití promovida por las Naciones Unidas, una misión destinada a garantizar un entorno seguro en el que se respete la democracia y la libertad, que lleva en el país desde 2004 y que fue reforzada tras el terremoto en 2010.

 

Por supuesto, Haití no es el único país en los que estos abusos son llevados a cabo por las autoridades supuestamente destinadas a garantizar el bienestar de los habitantes. Según ha ido aumentando el número de misiones, las denuncias de casos de abusos sexuales han crecido con ellas, especialmente en países como Haití, Liberia, Guinea, Sierra Leona o Camboya. No es sólo que no cumplan su función de garantes del bienestar de la población, encontrándose casos de 300 violaciones en cuestión de cuatro días, sino que son ellos también quienes perpetran los abusos, por si no fuese suficiente. Sin irnos muy lejos y según afirma Amnistía Internacional, los agentes de las operaciones de paz en Bosnia y Kosovo durante 1990 apoyaron la trata siendo clientes de burdeles donde se forzaba a las mujeres a ejercer la prostitución. Otro ejemplo lo encontramos en el sur de Sudán, donde Save the Children reportó, una vez más, violaciones a niñas por dichos agentes. Muna Ndulo, especialista en derecho constitucional, recontó los casos de bebés engendrados por agentes de las misiones de paz en países como Camboya o Liberia y las cifras son escalofriantes: 24.500 y 6.600 respectivamente. Ejemplos como estos hay para dar y regalar. Quizá la peor parte sea la falta de repercusiones que tienen estos comportamientos.

A pesar de que la ONU tiene una cláusula muy explícita en su código de conducta en cuanto a tolerancia cero en casos de abuso sexual,  la pena sólo es ejecutable si el ejército del país al que pertenece la persona que ha cometido el abuso decide ejecutarla, por no mencionar el hecho de que los agentes están protegidos jurisdiccionalmente gracias a los acuerdos entre los países cooperantes. Las misiones de paz de la ONU están formadas por soldados de aproximadamente 120 países y responden primero ante su ejército y, después, ante la ONU. Teniendo en cuenta que hay alrededor de 16 misiones operativas en este momento con más de 120.000 soldados en ellas con un flujo anual de 300.000 de agentes que se incorporan a las misiones cuando hay vacantes, se ha establecido una cultura basada en el tránsito de personas por las misiones que lleva consigo la falta de repercusiones ante denuncias. Cuando se hace efectivo un juicio, este se hace de acuerdo a las leyes del país de origen del agente, y no a las del país donde se produjo el abuso. Además, estos hombres son juzgados en su país de origen por personas de ese mismo país, por lo que podemos asumir que la imparcialidad es, cuanto menos, cuestionable.

Por supuesto, la situación en Haití fue denunciada a las Naciones Unidas y se tomó la medida de reforzar la vigilancia. Fracasó. Los abusos continuaron ante la impasibilidad de las instituciones. Fue entonces cuando se decidió tomar partido cambiando la perspectiva, actuando desde la raíz del problema. Es aquí donde entran las verdaderas protagonistas de este artículo: la primera unidad de “cascos azules” compuesta exclusivamente por mujeres. Son musulmanas, son de Bangladesh y no sólo tienen como objetivo mejorar la situación de las mujeres en Haití, también demostrar a la comunidad internacional lo necesaria que es la presencia femenina en zonas de conflicto. “Como mujeres de Bangladesh, tenemos la capacidad de cambiar también la percepción que se tiene sobre nuestro país. Esperamos que las niñas de nuestro país vayan todavía más lejos en el futuro”, declaró una de las mujeres pertenecientes a la unidad.

Cuando se pregunta a la población afectada por el impacto que ha tenido el hecho de que sea un grupo de mujeres el que esté presente para garantizar sus derechos y libertades, hay varios puntos en los que las opiniones coinciden: se sienten menos amenazados y las encuentran más cercanas y accesibles (principalmente las mujeres y los niños) para poder denunciar temas como el abuso sexual.

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Es extremadamente importante la influencia e impacto que ha tenido la presencia de estas mujeres para la población de Haití, pero también lo es el hecho de ver a mujeres rompiendo estigmas, desafiando estereotipos. Reclaman su identidad como mujeres, no solo como madres o esposas, enfrentándose a las críticas, a la invalidación por su condición e incluso a sus propias familias. Algunos de los miembros de las unidades de paz de la ONU no creían que un grupo de mujeres fuese a tener éxito en una zona de conflicto, alegando falta de experiencia. Nada más lejos de la realidad, ya que una unidad similar se destinó a Liberia tras la guerra civil para detener (con éxito, por cierto) el uso de las violaciones como recurso bélico.

No es sólo un ejemplo de éxito de la ONU y una ayuda para las víctimas, es también un ejemplo de mujeres fuertes, con voz, empoderadas, con voluntad y capacidad de cambiar la historia, creando espíritu en las niñas que mañana las sucederán.

Trailer del documental “A Journey of a Thousand Miles”, premiado en el Festival Internacional de cine de Toronto

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