La primera vez que un chico metió la mano en mi ropa interior de lo último que me preocupé fue de que no iba depilada. Ojalá todas pudiésemos hacer la misma afirmación hoy.

En mi caso, en una adolescencia tardía, era una cosa que ni se me había pasado por la cabeza. Pensándolo con distancia supongo que a él le pudo resultar hasta molesto, desagradable. Inesperado con mucha probabilidad. Yo ni si quiera pensé que el vello podía resultar molesto ni mucho menos una sorpresa a esa edad, porque asumía que todos lo teníamos. La diferencia es que él había visto la suficiente pornografía como para dejarse de ese tipo de asunciones y yo, aún no.

Algo después, un chico me confesó que se había depilado los genitales porque esperaba que hubiese sexo entre nosotros. No lo hubo. Pero yo no entendí esa conexión y se me quedó en la cabeza. Quizá era alguna regla escrita del sexo que yo por entonces desconocía. Para mí es como si me hubiesen dicho que, como esperaba comer ensalada su prima había pintado un cuadro.

Meses más tarde, una amiga de entonces y yo escuchamos por primera vez la palabra cunnilingus. No sabíamos lo que significaba pero nos hacía mucha gracia su sonoridad así que empezamos a referirnos así la una a la otra (he de admitir que nunca fui muy espabilada en temas sexuales en mi adolescencia). Un día en la biblioteca, buscamos que era eso del cunnilingus. Cuando estábamos en ello (a mi me sudaban las manos y sentía calambres en el estómago por lo transgresor que se me antojaba aquello) vino un chico que conocíamos y, entre risas, nos dijo que es lo mejor que se le podía hacer a una mujer. Pero que nos aseguraremos de ir siempre bien depiladas. “Yo no me bajo si eso no está calvo” fueron sus palabras exactas. A partir de entonces dejamos de llamarnos cunnilingus entre nosotras.

Seguía sin ver la necesidad de conectar depilación con sexo. Nunca me había planteado que tuviesen que ir de la mano. Aquí ya empecé a plantearme que había algo que se me escapaba y que quizá era lo suyo: depilarse para tener sexo. Además, el último chico que he mencionado era como un referente en cuanto a vida sexual a nuestra edad, asumimos que sabía de lo que hablaba y que, por tanto, tenía que tener razón.
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Por esa época empecé a comprarme revistas para mujeres jóvenes. Ya superada la barrera de la Bravo y la SuperPop, decidí que no me perdería ningún número de Ragazza. Como no, aquí también dedicaron un artículo a la depilación genital, defendiéndola y recomendando sitios especializados para hacérsela (ofcors) aludiendo a las opciones más de moda (la integral y la brasileña arrasaban como os podréis imaginar) y a lo que es más sexy. Más sexy para quién me pregunto yo.

Ya os he dicho que yo siempre he vivido más bien en la parra con este tema, pero eso no quita que el mensaje empiece a calar y sin haber abierto siquiera una vez PornHub, XVideos o cualquiera que se os pueda venir a la cabeza. Para entonces yo ya asumía que la depilación era una condición para el sexo satisfactorio.

Supongo que también la reacción femenina en el sexo está en gran medida influida por la pornografía. En las primeras experiencias sexuales (hablo por mí y por chicas con las que hablé por entonces) no sabíamos cómo reaccionar ni mucho menos cómo se suponía o era de esperar que reaccionásemos. Si pones cualquier video porno al azar, no tardas más de 10 segundos en empezar a escuchar gemidos y gritos por parte de la actriz, que más que experimentar placer, lo que parece es que la estuviesen arrancando una pierna. Al menos por mi parte, la primera vez que oí esos gritos me asusté y me pareció totalmente exagerado. Eso o que realmente el actor era un fuera de serie. Tras comprobar que, por esa regla de tres todos los hombres del porno debían haber nacido con el don de ser máquinas del sexo infalibles, pensé si no había hecho yo algo mal durante mis experiencias sexuales como para no haber experimentado tal éxtasis.

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Ver lo que vemos en la pornografía y compararlo después con nuestra vida sexual real puede llegar a ser decepcionante porque los vídeos distan mucho de lo que de verdad ocurre en el sexo. Pieles lisas, sin imperfecciones, cuerpos jóvenes, delgados y libres de vello como norma. Artificialidad, desde la ropa hasta las uñas, pasando por el maquillaje, los diálogos (no se trata de que ganen el Oscar mejor guión pero ojo) y las situaciones. Reacciones desmesuradas que te hacen planearte si tú estás bien hecha anatómicamente porque no te pones a gritar de esa manera cuando te tocan y que deben golpear bien fuerte en la autoestima de los hombres.

Y por supuesto no podemos olvidar el placer masculino. Todo gira en torno al pene (o los penes) del vídeo. Hasta el porno lésbico está destinado a los hombres, a su placer. Esto es más una apreciación personal, pero orgasmos y eyaculaciones masculinas en los vídeos están siempre presentes mientras que, a las actrices las oímos gritar y gemir como si les fuese la vida en ello pero hay que hacer una búsqueda específica casi siempre que se quiere ver a una mujer corriéndose. Hay personas con mucho más nivel y profundidad de conocimiento que yo para hablar de esto pero permitidme que diga esto por repetitivo que sea: la pornografía es tremendamente falocéntrica.

Si como mujer no gritas como ellas, no te mueves como ellas, no actúas , no vistes y no te pareces a ellas, tienes la sensación de estar haciendo algo mal. Primero porque tú no experimentas lo que se supone que tienes que experimentar, segundo porque es probable que estés decepcionando a tu compañero si como tú tiene de referencia el porno mainstream.

Con esto quiero decir que nuestra educación sexual está basada en gran parte en la pornografía, no necesariamente de una manera explícita entre contenido pornográfico – audiencia porque no hace falta exponerse a contenido para estar influenciados, pero de alguna forma ha conseguido establecerse en nuestra cultura popular, dando las directrices de cómo debe ser el sexo.

Sé que estoy hablando solo de relaciones heterosexuales entre dos personas, pero son de las que os puedo hablar con conocimiento de causa.

El sexo fuera de la ficción no debería ser así. La fiesta no debería acabar necesariamente cuando él eyacule, no puede basarse todo en que eso ocurra a toda costa y como único objetivo. Ni ellos ni nosotras debemos pensar que debe ser así. El sexo es mucho más que eso. No digo que tenga que ser una experiencia transcendental o necesariamente romántica, pero sí que es mucho mejor y está muy lejos de esos arquetipos cargados de artificialidad.

Se nos crea una imagen irreal de lo que “debería” ser el sexo, creando unos patrones y cánones estéticos, que si no se ven cumplidos en la vida real nos hacen sentir tremendamente decepcionados y sobre todo, insatisfechos. Pero es que en la vida real nadie se pone unas uñas postizas de 5cm para masturbar a alguien porque lo más probable es que se acabe en urgencias. En la vida real ni todos los cuerpos tienen la tersura que se nos muestra, ni esa suavidad, ni esa delgadez. En la vida real te puedes encontrar cuerpos peludos, no peludos o a medio depilar. También estrías, grasa, celulitis y granitos. Con total seguridad encontrarás a mujeres que tardarán más de 3 minutos en correrse porque se necesita dedicación y paciencia para ello.

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Me falta formación y aprendizaje para poder expresar una opinión más formada sobre la pornografía en algunos aspectos, pero a día de hoy sé que puedo criticarla como fuente de aprendizaje. Si no se habla de sexo con libertad (hablar de sexo DE VERDAD, no la pamplina de la semillita) en casa, en los colegios, entre amigos, corremos el riesgo de que nuestra referencia sea la pornografía, lo que implica dejar fuera de la ecuación a todas aquellas personas que no sean hombres heterosexuales, a todos aquellos que no se ciñan a unas determinadas prácticas y a todos los que no cumplan con una determinada estética.

Lo cierto es que en la vida real se tiene sexo con torpeza, con prisas, con urgencia, con amor, sin él, despacio, violentamente (con consenso siempre, por supuesto), con arrugas, con 10 kg de más, con orgasmos, sin ellos, sin penetración, con juguetes. Se tiene sexo por voluntad (así tiene que ser siempre) y buscando el disfrute propio y conjunto. Se tiene sexo como uno puede y quiere. Y es como debe ser. Nadie merece sentir que está mal lo que hace por no ceñirse a los criterios de una industria. No dejemos que esa industria se meta en nuestras camas.

En definitiva: folla si quieres y hazlo como mejor te parezca. Libérate y reacciona como te pida el cuerpo. Si el sexo debe ceñirse a algún parámetro que sean estos: sano, consensuado y como más feliz te haga. Ojalá un día nos metan la mano en la ropa interior y no nos preocupemos más que de disfrutar a nuestra manera.

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