No me gusta el Satisfyer. Hala. Ya lo he dicho.
En realidad decir que no me gusta es un poco radical. Digamos que no me gusta como para coincidir con el fenómeno que ha despertado.
Me voy a extender en mi razonamiento, pero primero me gustaría aportar algunos datos y hacer algunas preguntas al aire para la reflexión colectiva.
¿Sabes que España es el país donde más se vende este succionador de clítoris? Y, ¿sabías que ya había succionadores de clítoris antes del Satisfyer?
Entonces, ¿qué ha pasado para que de pronto todo el mundo hable de este aparatito? ¿Es realmente una revolución sexual o una revolución de marketing?
Ya dejo de hacerte preguntas, que no cunda el pánico. En mi opinión, sin ser experta en la materia, diría que el Satisfyer ha estado en el lugar indicado en el momento perfecto.
En otras palabras: no ha sido el Satisfyer. Hemos sido nosotras.
Creo que la viralidad de este juguete sexual se debe en parte a que ha roto del todo el tabú de la masturbación femenina. Ha abierto la veda para crear la conversación y se ha hecho el dueño y señor de las redes sociales. Pero para que esto pasara, se necesitaba un buen caldo de cultivo.

Como ya te he dicho antes, succionadores de clítoris ya había. De hecho, existían cientos, miles de juguetes sexuales enfocados en el placer femenino. Pero no tuvieron la suerte de nacer en el contexto en el que nació el Satisfyer.
¿A qué contexto me refiero? Al que hemos creado nosotras. A nuestra revolución en las redes, a nuestra presencia y voz cada vez más común en los espacios y la normalización del discurso feminista (a grandes rasgos, habría mucho que debatir aquí).
El Satisfyer ha triunfado sobre todo entre las Millenials y parte de la Generación Z. Unas mujeres que ya de por sí crecieron hablando de sexo con más normalidad que sus madres, con más información y más soberanía sobre sus cuerpos.
Lo que ha conseguido el aparatito es que ahora hablemos incluso más entre nosotras. Pero no sólo entre las que somos de la misma edad. También con nuestras compañeras de trabajo, madres, tías… ¡incluso abuelas! Se ha convertido en un fenómeno intergeneracional y por eso, entre otras cosas, ha sido el regalo estrella de estas Navidades.

Ha sido revolucionario también porque ha viralizado una reivindicación que se llevaba haciendo años: el placer femenino más allá de la penetración.
Se ha viralizado un estimulador que tiene como único objetivo el clítoris y ha sido en muchas ocasiones el primer acercamiento de mujeres y parejas al uso de juguetes sexuales.
Promete orgasmos intensos y en menos de 2 minutos. Suena bien, ¿eh?
Es un mensaje potente.
Sobre todo teniendo en cuenta la tradición falocéntrica de la que venimos cuando hablamos de placer femenino. Todos los juguetes sexuales se articulaban desde el principio de que necesitábamos un sustituto para el pene (un consolador, es que hasta el nombre tiene tela).
Se ha popularizado hablar de la masturbación femenina gracias a un succionador de clítoris y no uno de los miles de dildos que residen en el imaginario colectivo cuando pensamos en juguetes sexuales. La penetración ha quedado relegada. El fenómeno fan ahora gira en torno al clítoris.
Para mi esto explica el boom, el que no tengas dedos de la mano suficientes para contar cuantas amigas o familiares guardan uno en su mesita de noche. Yo incluida.
Y reconozco haber caído víctima del marketing.
Si tú también lo has probado te habrás dado cuenta de que hace lo que promete. Orgasmos rápidos e intensos.
Ahora digo yo: ¿De verdad eso es todo lo que esperamos del sexo?
Esa es mi pregunta desde que empecé a usarlo.
Entiendo por qué gusta. Es rápido, es efectivo. Pero, ¿desde cuando el sexo pretende ser sólo rápido y efectivo?
Su estimulación (muy directa) y muy bien acotada arrampla. Los orgasmos llegan rápido porque no queda otra. Y se acaba.

Puedes volver a empezar pero no hay mucha más historia. En pocos minutos habrás vuelto a acabar. Y para mi eso es dejarse mucho en el tintero de todas las posibilidades que ofrece el sexo (en solitario o acompañada).
Igual que reclamamos desde hace años la importancia del placer femenino alejado de la penetración, también venimos reivindicando que el sexo es algo más que correrse. Y el Satisfyer parece que a simple vista no nos deja muchas más opciones.
Nada de currarse el orgasmo. Nada de sensaciones. Nada de expectación, de crear las ganas. No me creo que todas queramos tener unas relaciones sexuales así de reduccionistas siempre.
El Satisfyer está bien, no me malinterpretes. Es lo que es. Un alivio. Como una cita de Tinder en la que te importa más bien poco saber qué música escucha la otra persona cuando está triste y sólo quieres acabar la noche en su casa. Es fantástico para casos en los que necesitas justo eso. Pero al final todos acabamos queriendo más. Un poco de intimidad. De complicidad. De variedad. Algo más allá de los dos minutos.
La buena noticia que yo leo entre líneas es esa. Que no ha sido el Satisfyer. Que hemos sido nosotras. Creando la conversación. Atreviéndonos a explorar. Hablando de sexo y no conformándonos. Introduciendo cosas nuevas. Rompiendo tabúes y perdiendo vergüenzas.
Eso ha abierto la puerta. Y para que siga evolucionando hay que seguir hablando del Satisfyer. Hay que alabarlo y criticarlo. Hay que hablar de todo lo que va más allá de este juguete. Hay que seguir manteniendo la conversación que se nos ha negado mucho tiempo.
En definitiva, responsabilizarnos, hacernos el camino y seguir dando pasos en la búsqueda de los placeres y el potencial de nuestra sexualidad.
